Migrants Day

Nuestro derecho a ingresar debe ejercerse a través de la migración segura y no en un bote agujereado

Por William Lacy Swing

Ginebra - “Yo soy un migrante pero no tuve que arriesgar mi vida en un bote agujereado o pagar a traficantes. La migración segura no puede limitarse a una elite del planeta”. Así se expresaba el Secretario General de Naciones Unidas Antonio Guterres en septiembre de 2017.

A través de este giro memorable, el Secretario General plasma lo que es quizás uno de los desafíos más importantes que enfrenta el mundo de hoy.  Vivimos en una época en la que mientras una elite privilegiada considera la movilidad mundial como un derecho virtualmente innato, tal derecho le es negado a muchos otros que se encuentran atrapados en deplorables situaciones económicas o de conflicto, sin solución alguna a la vista. 

Pero algo más ha cambiado, y ha llevado esta realidad de por si evidente hasta los engranajes de la política mundial, a menudo con trágicas consecuencias.

Hasta no hace mucho tiempo una especie de código de conducta vigente para quienes tenían la posibilidad de movilizarse en contraposición a quienes no podían hacerlo, significaba que los pobres del mundo apenas si se enteraban de aquello a lo que la elite tenía acceso y ni siquiera se imaginaban cuáles eran sus oportunidades de lograr una mejor vida más allá de las fronteras de sus países. Esta era la situación en aquel momento.

Pero en la actualidad eso ha cambiado gracias al mayor nivelador del mundo, el Smartphone, que se encuentra ahora en las manos de más de 2000 millones de personas en todo el planeta. En menos de una década los teléfonos inteligentes les han brindado a muchos de esos pobres del mundo que no podían movilizarse, un conocimiento muy cercano de los movimientos que la “elite” ha realizado hasta ahora.

Lo que ocurre es que dos realidades coexistentes, y hasta podría decirse claramente divergentes, están colisionando en el mismo planeta, llevando a que la política, hasta ahora somnolienta, de muchos países se vuelva actualmente impredecible y sin dudas volátil.

Por un lado, la libertad de movimiento está virtualmente garantizada para una ciudadanía global privilegiada y sorprendentemente amplia, para la cual se ha convertido en natural el hecho de moverse por todo el planeta en condiciones de seguridad, con libertad y con costos relativamente bajos. Este grupo incluye a turistas, estudiantes, personas que visitan parientes, trabajadores migrantes del Sur global (más de 2 millones de filipinos y 1 millón de nacionales de Sri Lanka, etc.) así como también hombres de negocios que mantienen activo nuestro mundo globalizado.

Lo que olvidamos con facilidad en el discurso sobre la migración es que millones de personas están viajando incluso en cantidades mayores. Se mueven de forma segura y ordenada, pasando por el área de control del aeropuerto rumbo a la puerta de embarque, echando un vistazo a las notificaciones de Facebook y a sus mensajes instantáneos mientras caminan.  Y lo que es más importante, se mueven de manera regular, con sus pasaportes (y visas) en mano.

Por ello es que uno podría preguntarse: ¿por qué la migración se ha vuelto una cuestión tóxica, ocupando los titulares de diarios y convirtiéndose en el combustible del populismo político?

Parte de ello puede deberse a que tratamos superficialmente los desafíos de la integración y somos demasiado rápidos a la hora de juzgar la hostilidad popular respecto de la migración como algo irracional o algo peor que eso. Los políticos ignoran los valores a los cuales la gente adhiere a su propio riesgo.

De la misma manera, si se considera que los movimientos masivos e ininterrumpidos de personas en todo el planeta son ordenados, normales, y beneficiosos para todos de modo tal que no generan comentarios, necesitaremos dilucidar el modo en el que nos encargaremos de la mayoría a la cual se le niega esa posibilidad de movilizarse debido a las circunstancias.

Miles de millones que no son parte del mercado laboral de talentos verdaderamente global y en crecimiento se encuentran a sí mismos buscando oportunidades en un mundo que solamente aparece en sus sueños. Enfrentan tremendas disparidades de ingresos y dificultades y ninguna posibilidad de obtener una visa o un permiso de trabajo.

No sorprende entonces que grandes ejércitos de jóvenes migrantes quieran subirse a bordo de “botes agujereados” a los cuales hizo referencia el Secretario General. Empujados por la falta de oportunidades económicas agravadas por el cambio climático, son demasiado vulnerables a los cantos de sirenas de los medios masivos de comunicación.

Allí es donde quienes conforman redes dedicadas al tráfico de migrantes, a la trata de personas y a la esclavitud moderna hacen su negocio estos días con total impunidad. No hay freno a estos crueles engaños mientras las gigantescas redes sociales cazan nuevos mercados en el Sur global.

Este es el tipo de migración que vemos en las noticias y que en su peor versión ha llevado a una realidad impactante – revelada por primera vez por la OIM – de migrantes africanos que son vendidos como esclavos y como sirvientes contratados. Mientras la población aumenta y las crisis económicas llevan a los migrantes a tirar por la borda la precaución y abandonar sus casas, el resultado inevitable es el populismo del lado que recibe a los migrantes y en donde también esas comunidades receptoras están luchando contra el desempleo y con cuestiones de identidad.

Por todo esto es que yo pongo muchas de mis esperanzas en el Pacto Mundial sobre Migración, que se firmará a finales de 2018. El mismo está siendo negociado por los Estados Miembros con el auspicio de las Naciones Unidas y persigue abarcar la migración internacional de manera integral. Es el primer acuerdo de su especie entre gobiernos y es crucial señalar que no se inmiscuirá en la soberanía nacional de los Estados ni tampoco será legalmente vinculante, probablemente debido a la naturaleza explosiva de las cuestiones a las cuales refiere.

Hay muchas cuestiones compartidas y el Pacto parte de la base de que es necesario comprender que la migración no es tanto un problema a resolver sino una realidad que debe manejarse. Si dejamos de pensar en las reglas estrictas y obligatorias que permiten despegar a más de 34,5 millones de vuelos por año y que permiten al equivalente del 44% de la población mundial despegar y aterrizar de manera segura, sería posible encontrar otras reglas comunes para permitir que muchas más personas viajen, migren y retornen a sus hogares en libertad y en condiciones de seguridad. Es preciso dar esperanzas a quienes enfrentan desesperación en lo económico, crear medios legales para una mayor cantidad de migrantes u opciones de migración circular para quienes deseen ir a trabajar y regresar luego a sus hogares… porque si no aportamos soluciones los traficantes lo harán por nosotros, con un alto costo de vidas humanas y un alto costo para las bases de nuestras sociedades.

William Lacy Swing es el Director General de la OIM, el Organismo de las Naciones Unidas para la Migración