ARTÍCULO EDITORIAL – DEPORTE Y MIGRACIÓN

Date Publish: 
03/21/18

Por William Lacy Swing

            ¿Por qué son migrantes tantos de los grandes futbolistas del mundo? ¿O las estrellas de baloncesto? ¿O una creciente proporción de jugadores en los clubes de las Grandes Ligas de Béisbol de Estados Unidos?

Quizás porque en una economía verdaderamente global, los deportes crean una meritocracia migratoria con la que pocas otras industrias logran emparejarse. Al fin y al cabo, para un hincha, ganar no es todo lo que cuenta: es lo único que cuenta. Los orígenes que uno tenga, el idioma que uno hable o la religión que uno practique poco inciden en la posibilidad de desempeñarse o no en un equipo determinado. Si el deportista es lo suficientemente bueno, las puertas se le abrirán de par en par en el equipo.

Son pocos los hinchas que se detienen a pensar en ello, pero sus sentimientos de triunfo al ver un balón de fútbol atravesar el arco, o un balón de baloncesto pasar por el aro, les deparan momentos de intensa alegría, que solo son posibles gracias a la apertura de su sociedad hacia los forasteros.

El deporte, y la posibilidad de disfrutarlo, están intrínsecamente vinculados a través de la migración por una simple razón: al realizar los aportes que hacen bullir nuestras economías, los migrantes nos dan la libertad de ocupar nuestro tiempo libre con momentos de diversión.

Pero también están vinculados porque los deportistas suelen ser migrantes. En muchos sentidos, los mejores deportistas del mundo, sean profesionales o aficionados, disfrutan de una versión del terreno de juego equilibrado que, para la mayoría de los migrantes del planeta que aspiran al éxito, real o aparente, termina siendo una quimera.  Ello se debe a que los deportes, con sus reglas de juego claras, brindan a los migrantes atléticos la oportunidad de competir sin restricciones en múltiples contextos, sobre la base de su habilidad demostrable y su carácter probado.

Esta noción es tan obvia que rara vez pensamos en el papel de los migrantes en el deporte, excepto cuando nos vemos obligados a hacerlo, especialmente en el fútbol, donde, con demasiada frecuencia, la fealdad se contrapone al Jogo Bonito.

Lamentablemente, las manifestaciones de racismo y xenofobia persisten en los estadios. Los hinchas, muchos de ellos envalentonados por políticos deseosos de azuzar las llamas del resentimiento, que incita a la violencia contra los migrantes, no solo insultan a los deportistas africanos en el campo de fútbol. También les tiran botellas, plátanos y otros desperdicios, incluso sillas, y a veces obligan a suspender el juego en medio de insolentes eslóganes antiafricanos.

El mes pasado (el 22 de febrero de 2018, para ser precisos), la UEFA inició un procedimiento disciplinario contra el equipo de fútbol italiano Atalanta después de que sus hinchas se burlaran en reiteradas ocasiones del delantero del Borussia Dortmund Michy Batshuayi, en el marco de su encuentro de la Liga Europa. A principios de temporada, el club ya había sido sancionado por insultos similares contra Kalidou Koulibaly, jugador del Nápoles.

Batshuayi nació en Bélgica y es de ascendencia congolesa. Koulibaly nació en Francia y es hijo de inmigrantes senegaleses. Pero el problema no concierne únicamente a Europa.

Cabe citar, entre otros ejemplos, la discriminación contra los jugadores aficionados de béisbol de ascendencia haitiana, quienes se ven privados de la oportunidad de jugar en la República Dominicana, una de las grandes palestras de pruebas atléticas del mundo, donde muchos niños de bajos recursos comienzan a ascender por los peldaños de una escalera que les permite aspirar a una formación, o incluso a una carrera lucrativa en el deporte.

También se oye hablar de deportistas que son objeto de abusos por parte de los llamados scouts, quienes operan de manera fraudulenta y tienden a comportarse más como tratantes de personas que como verdaderos representantes, explotando a los deportistas adolescentes africanos y abandonándolos en Europa una vez que una lesión pulveriza su sueño.

Por este motivo, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el organismo de las Naciones Unidas para la migración que encabezo, está lanzando este miércoles una campaña vinculada a la campaña JUNTOS de las Naciones Unidas, que se centra en la lucha contra la xenofobia y el racismo en el mundo del deporte.

Dado que este miércoles coincide con el 52º Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, iniciamos la campaña focalizándonos en el fútbol; el objetivo es destacar las contribuciones de los deportistas de todo el mundo en su brega contra el racismo y la xenofobia.

No somos los primeros en destacar esta lucha.

Kick It Out es una de las organizaciones más destacadas en materia de igualdad e inclusión en el fútbol. Nació de la campaña “Let’s Kick Racism Out of Football” (Expulsemos el racismo del fútbol), establecida en 1993 en respuesta a los llamamientos generalizados de clubes, jugadores e hinchas para combatir los comportamientos racistas existentes en el fútbol. Kick It Out se estableció como organismo en 1997, cuando amplió sus objetivos de manera que quedaran abarcados todos los aspectos de la desigualdad y la exclusión.

En 2005, el ex futbolista francés Thierry Henry lanzó la campaña Stand Up Speak Up con el fin de alentar a otros deportistas a denunciar los incidentes de racismo en el deporte. También hay otras campañas dignas de mención, como “Fútbol Contra el Racismo en Europa” (FARE), que se ha comprometido a combatir la discriminación a través del poder inclusivo del fútbol, sobre la base del principio de que este deporte, el más popular del mundo, pertenece a todos y puede impulsar la cohesión social.

Mientras tanto, el pasado mes de enero, miembros del equipo de fútbol del Lazio de Roma se pusieron camisetas con la imagen de la adolescente Ana Frank para reprender el uso de imágenes antisemitas por parte de sus propios seguidores. A su vez, Blaise Matuidi, otro futbolista francés que juega actualmente como centrocampista en la Juventus de Turín, se pronunció recientemente en contra de la fealdad de este tipo de agresiones. “Nadie querría que ocurran [los insultos racistas]”, afirmó este tolosano de ascendencia mixta angoleña y congolesa. Reaccionaba a una serie de burlas racistas que le habían sido proferidas durante los partidos de la liga italiana, y planteó la posibilidad de que los jugadores se retiraran del terreno de juego en caso de insultos racistas durante la Copa Mundial.

Aun así, cabe destacar un aspecto positivo: los deportistas figuran a menudo entre las celebridades más admiradas de la sociedad, y su éxito se traduce en una rápida integración de comunidades minoritarias en la sociedad amplia.

Basta con remontarse a la década de 1880, cuando la revolución industrial de los Estados Unidos trajo consigo la emergencia de una nueva clase de ocio en el mundo, que pronto se haría adicta a los deportes. Fue entonces cuando un fornido irlando-estadounidense nacido en Boston, John L. Sullivan, se convirtió en el primer campeón de boxeo de peso pesado reconocido a nivel internacional, con lo que rompió el estereotipo de los inmigrantes irlandeses como personas indisciplinadas e incapaces de alcanzar la excelencia (o de abstenerse de consumir alcohol).

En las décadas siguientes, el ejemplo de Sullivan sería replicado por estrellas deportivas judías, italianas, latinas y caribeñas. Hoy en día, Jeremy Lin –un jugador de baloncesto formado en Harvard y criado en el condado de Orange, California– ha transformado la imagen de los inmigrantes asiáticos, a la vez que haitiano-estadounidenses como Pierre Garçon y Emmanuel Lamur, ambos de la Liga Nacional de Fútbol Americano de los Estados Unidos, han utilizado su renombre para centrar la atención en su aquejado país de origen, así como para combatir el racismo y la xenofobia en el país de adopción de sus familias.

Se sabe que la mayoría de los hinchas no son racistas, y que ningún equipo ni organización deportiva profesional acepta hoy en día los prejuicios del pasado, que entonces impedían a los afroamericanos competir al más alto nivel en la mayoría de disciplinas deportivas en los Estados Unidos, o privaban a los judíos de los lugares que se habían ganado en las escuadras olímpicas. Los deportes son un reflejo de las sociedades, y las sociedades de hoy repudian colectivamente el racismo y la xenofobia. Sin embargo, seguimos callando al enfrentarnos a estas prácticas inadmisibles, y ese es precisamente el motivo por el que lanzamos esta campaña hoy.