Allá por fines de los 90, se les solía ver en las
principales calles del centro de Buenos Aires. Con mirada
extrañada, los porteños* acostumbrados a otras
corrientes migratorias por años, se preguntaban como
habían llegado a estas costas esos huéspedes de
rostros extraños, agitanados, de largas polleras, morenos
cabellos trenzados, e idioma desconocido, tratando de conseguir una
moneda a cambio del trabajo de sus pequeños niños
acordeonistas, que poco a poco fueron cambiando sus propias
melodías en tonos tangueros y rioplatenses.